Las ciudades perdidas de los faraones

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Hubo cuatro grandes ciudades del Antiguo Egipto que las arenas cubrieron y se perdieron. No fueron redescubiertas hasta muchos siglos después: Avaris, Ajetaton, Per-Ramses y Tanis suenan a leyenda, pero en verdad existieron como capitales de los faraones.
De las cuatro, la más antigua era Avaris, una ciudad maldita por los egipcios por haber sido la capital de los Hicsos, los odiados semitas que en torno al año 1700 antes de Cristo invadieron el país, conquistándolo, en parte gracias a su tecnología militar superior conformada por espadas de hierro y carros con caballos de combate. Se considera el II Período Intermedio, que va desde el Reino Medio al Reino Nuevo, unos 150 años donde los nuevos señores asumieron las costumbres de Egipto y se coronaron faraones, conformado dos dinastías, la XV y XVI, que coexistieron con los reyes vasallos de Tebas.

El faraón nativo de Tebas de la Dinastía XVII Kamese y su hermano Ahmoses, fundador de la Dinastía XVIII y el Reino Nuevo, lograron finalmente derrotar a los Hicsos (que significa precisamente eso, reyes extranjeros), que tuvieron que desalojar Avaris, en el Delta, que quedó abandonada y destruida. Fue localizada en el siglo XX.

Ajetaton se situaba en el centro del país, entre Tebas y Menfis, las dos capitales históricas. Fue construida por el singular Señor de las Dos Tierras Akenatón, de la Dinastía XVIII, como lugar donde comenzaría todo desde cero: el templo del Dios único Atón y la corte para él mismo y su esposa, Nefertiti. Sin embargo, sólo estuvo habitada durante unos 30 años, el llamado período de Amarna. Todo era distinto a lo que hubo antes y después: los templos estaban abiertos hacia el Sol y Akenaton ejercía de sumo sacerdote.

El resto de dioses tradicionales habían quedado proscritos ante el primer culto monoteísta de la Historia. Cuando falleció –o desapareció- Akenatón, probablemente le sucedió su esposa Nefertiti con otro nombre, Neferneferuaton –La Perfección de Atón- y más tarde el hijo del rey, Tutankatón –La imagen de Atón- quien siendo un niño trasladó la corte de vuelta a Tebas, recuperando poco después el culto a Amón y cambiándose su nombre a Tutankamón. Ajetatón quedó maldita como corte del faraón hereje, y ambos, rey y capital, fueron condenados al olvido. Fue redescubierta en el siglo XIX, y en un taller se halló el famoso busto de Nefertiti.

Posteriormente otro faraón también famoso, Ramsés II, de la Dinastía XIX, erigiría Per-Ramsés, La Casa del Hijo de la Luz Divina, en uno de los brazos del Nilo, en el Delta. Tiene enorme importancia en la Biblia, ya que aparece construida por los esclavos hebreos, lo que situaría a Ramsés como el faraón del Éxodo. La ciudad fue abandonada poco después al parecer por cambiar el curso del río, quedando inutilizado para la navegación, lo que dejó a Per-Ramses en el medio del desierto como una ruina prematura.

O no del todo, porque la Dinastía XXI, en el Tercer Período Intermedio, fundó muy cerca Tanis, para lo cual se recuperaron piedras y monumentos de Per-Ramsés, lo que llevo a los investigadores a confundir ambas capitales. En Tanis, poco antes del inicio de la II Guerra Mundial, se halló el más importante cementerio real tras el Valle de los Reyes, con varias tumbas intactas aunque parcialmente sumergidas por el nivel de las aguas freáticas, entre ellas la de Psusennes II, con una máscara funeraria similar a la de Tuntakamón, que a menudo se confunden.

En Tanis situó la película “En busca del arca perdida” el artefacto con las Tablas de la Ley de Moisés, lo que no carece de lógica histórica: un faraón de la Dinastía XXII, con capital en Tanis, arrasó Jerusalén y quizá se trajo los objetos de mayor valor consigo. Tanis decayó también con rapidez con otro movimiento del Nilo y la capital fue de nuevo trasladada al Sur, quedando olvidada durante miles de años.